Lightyear: Entre la intolerancia y la generación de cristal.

Por Edel López Olán (Cinema Gizmo)

Hablar de Disney y sus producciones es hablar de polémica. Las cintas animadas de la productora han sido vapuleadas desde hace mucho tiempo por la crítica y los espectadores. Por ejemplo, La Dama y el Vagabundo fue acusada de racista ya que salió a la luz al final de la Guerra de Corea y los gatos siameses que hacen toda clase de destrozos tienen ojos rasgados y acento oriental, acompañados por una música de fondo del mismo estilo . Dumbo también fue catalogado de racista por la comparación evidente que hace entre los afro descendientes y los cuervos que enseñan a volar al pequeño elefante mientras cantan jazz y hablan con un dialecto ignorante y sin sentido, y por último también tenemos a Bambi, donde la muerte de su mamá por un disparo certero del cazador fue tan fuerte que causó que los críticos la rechazaran por ser demasiado cruel para los niños.

Con el paso del tiempo podría asimilarse que el progreso en cuanto a pensamiento y técnicas de animación ayudarían al espectador a comprender los cambios sociales que son plasmados en la pantalla como parte de los temas pertinentes para la sociedad, pero no fue así.

Pixar es una empresa que se creo en 1986 con el propósito de llevar a la animación a nuevo nivel….¡Y lo consiguió! Porque seamos sinceros, pueden o no gustarte las cintas de Pixar, pero es evidente que la compañía hizo necesario para colocarse como el referente actual en cuanto al desarrollo de historias y complejidad de sus personajes.

Toy Story marcó el inicio de la gran carrera de Pixar por encontrar el balance entre la complejidad de los temas sociales y el entretenimiento. El avance técnico al ser la primera película realizada al 100% por computadora y la compleja historia de los dos personajes principales, marcaron un parte-aguas en la forma de contar historias y nos regalaron a dos de los iconos más importantes de la historia del cine moderno.

En 1997 observábamos sorprendidos el inicio de la saga donde el líder del grupo y sus inseparables amigos son golpeados de lleno en su estructura por el cambio que provoca la llegada del jocoso y fuera de sí Buzz Lightyear. Pero, fue hasta el 2022. 27 años después. Que nos enteramos que ese cadete espacial era el producto de una cinta (animada, supongo) que era la favorita de Andy, dueño de Woody y Buzz.

Después de Toy Story 4 y ante la negativa de una quinta cinta, todo apuntaba a que, fieles a la tendencia de Hollywood al momento, los spin-off y los remakes, sería el futuro de la franquicia y así se creó Ligthyear. Hasta ese momento los fans de la saga (ahora adultos) se encontraban emocionados de mostrarles a sus hijos el por qué tienen un muñeco robot de muchos colores en su cuarto o porque razón ponían «Un amigo fiel» en cada fiesta infantil.

Pero, algo tenía nublaba el horizonte en esa felicidad llamada nostalgia pixajera.

Todo iba bien. Disparos. Chistes inocentes. Luces. Risas. Al principio una historia que nos lleva de la mano junto al gusto de Andy por el Cadete espacial. Y de pronto….¡El terror!… y no precisamente el de un monstruo espacial con grandes ojos que despedaza a los personajes. No, para nada. El terror que provoca una simple relación homosexual.

Al hablar de generaciones, es necesario conocer las características generacionales. Ello permite comprender a la persona entendiendo su cultura y su momento histórico de desarrollo. Esto lo planteaba Lev Vygotski, psicólogo y epistemólogo ruso de origen judío, uno de los más destacados teóricos de la psicología del desarrollo y fundador de la psicología con su teoría del Desarrollo Histórico Cultural. En este sentido, a lo largo de la historia, la persona tiene patrones conductuales y de afrontamiento similares según los tiempos en los que vivieron y de esta manera, se estudia a la persona desde su perspectiva histórico-cultural.  

La generaciones de los 80´s y 90´s, o la conocida como «Generación X» nos encontramos en una «guerra ideológica» con la «Generación de cristal» (Todos los nacidos después del 2002) y muy a voz en cuello pensamos que nuestro pensamiento, más osco, duro y «curtido», tiene una superioridad moral absoluta contra una generación que traen otro chip y que a nosotros como adultos nos cuesta mucho trabajo adaptarnos.

La homosexualidad en nuestra generación era un tabú estúpido, tal y lo ha sido desde siglos atrás donde hablar de ello se convertía en un tema digno de la inquisición o de la horca. Nuestro error ahora como padres o solamente adultos y el error de nuestros padres, es observar a la homosexualidad como algo malo, como algo que debe ser oculto por no cuadrar con las expectativas sociales, cuando es únicamente un gusto, una forma de expresar amor hacia otra persona y que no necesita la aprobación de nadie, y hoy, esa «generación de cristal» esa que todos apuntamos como débiles y «mariquitas» han entendido que este tema ya no es algo prohibido, sino algo cotidiano que sucede en muchas familias y en nuestro entorno.

Pixar, fiel a su estilo polémico, puso el tema sobre la mesa y todo se derrumbó. Ante la presión de varios países que cancelaron la cinta, algunos ejecutivos de la empresa solicitaron a la producción eliminar la escena donde Alisha Hawthorne besa a su esposa y, solo por eso, la cinta ha sido el centro de la polémica en este extraño 2022. La solicitud hizo estallar en marzo un escándalo dentro del gigante del entretenimiento, donde cientos de empleados denunciaron la censura a los temas LGTB+ en una carta, como parte de una estrategia que pretendía que la cúpula de la compañía dejara la tibieza y alzara la voz en contra de lo que consideran una ley discriminatoria en Florida, donde Disney posee seis parques temáticos. Esta medida, promovida por los republicanos, prohíbe enseñar en las escuelas sobre cuestiones de género y homosexualidad a los estudiantes más jóvenes.

Pero Lightyear tiene un tema más profundo: la amistad y compromiso más allá del tiempo y el espacio, algo que de una forma estúpida se desvaneció por el prejuicio de una sociedad ignorante.

Galyn Susman aseguró a Reuters que:

«La cinta es importante. Buzz observa como algo tan profundo y trascendental como una relación amorosa inspira a los demás a ser mejores y se convierte en el parte-aguas de decisiones que toma y el inicio de una gran concepto de amor y fraternidad»

El amor es ese sentimiento que no entiende de homosexualidad y prejuicios vacíos. Esos mismos prejuicios que impulsaron a miles a abandonar las salas y que nunca entendieron que ese no era el verdadero mensaje de la cinta, sino la amistad y no el mensaje de conversión forzada que muchos intentaron impregnar a toda la película y su entorno y que afectaron su rendimiento en taquilla de una forma que puede afectar a miles de trabajadores de la empresa.

Sorprendentemente esa generación que apoyo y gozó de las cintas de Toy Story hoy se dan cuenta que apoyaron y disfrutaron con un niño homosexual convertido (según el pensamiento de muchos) y rieron y gozaron con ellos por muchos años de su infancia y juventud; y también, en una dualidad extraña, son esa «Generación de cristal» que no permite que sus hijos vean una cinta que da un mensaje de amor, fraternidad y amistad incondicional en un mundo que necesita mayores mensajes como el de la cinta, todo, por un simple beso homosexual.

Pixar, Disney y Buzz lograron su misión: Evidenciar que el mundo necesita más amor y menos debates infructuosos. En una época donde la «Generación de cristal», pero no esa de los nacidos después del 2000, sino la de los «delicaditos» de los 80´s y 90´s, no pueden ver un beso entre dos personas del mismo sexo por que les aterra las consecuencias que tendrán sobre sus hijos, cuando lo que debería preocuparles más la intolerancia que les inculcan desde sus acciones.

Hasta la próxima.

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